Muerte de un árbol




Llevamos dos temporadas sin hacer Mermelada de Ciruela. Nuestro frutal de ciruela amarilla y jugosa nos daba poco fruto. Lo achacaba al clima, al calor a destiempo, a falsas primaveras, y sobre todo, a los vientos.

La Mermelada de Ciruela es una de mi preferidas porque fue con la que me inicié. No en la fábrica, sino hace mucho tiempo, cuando mis hijos ahora ya casados eran niños y yo era mucho más joven. Era verano y en la huerta familiar crecían algunos ciruelos, cuyos frutos comíamos. Como eran muchos, una tarde me puse a hacer mermelada siguiendo una receta que encontré en un libro antiguo. Ya hacía carne de membrillo, mermelada no había hecho nunca y me salió una mermelada de ciruela que aun caliente, estaba muy buena. Recuerdo ese sabor un poquito ácido donde no se notaba el azúcar.

A la mañana siguiente, ya fría, la puse en un cuenco sobre la mesa de desayuno y más de uno comentó lo buena que era. Así que cuando esa se acabó, me pidieron que hiciera más. Y así empecé, cada otoño hacía carne de membrillo y cada verano, mermelada de ciruela.

Era natural que la incluyera entre las especialidades de Mermeladas Artesanas de Cañá de Arriero. Al cocerla en la fábrica, el aroma que desprendía, me traía siempre el recuerdo de aquellos años en que empecé a hacerla en la cocina de la casa de campo familiar. Ahora la he descatalogado porque mi ciruelo preferido ya no está. Lo hemos talado la semana pasada porque se ha secado. Lo ha secado el calor del verano, tras el último temporal de viento que sopló esta primavera.

Por su situación elevada la Cañá de Arriero se encuentra expuesta a todos los vientos. Tenemos el de Norte, fresco en verano y muy frío en invierno; el de Poniente, fuerte, pero que a mí me revitaliza; el de Sur, al que llamamos "marea" porque viene del mar, que en invierno es fresco y en verano es bochornoso porque cruza el mar la temperatura cálida del desierto africano. El que sopla de Levante es un viento al que detesto con toda la fuerza con que se puede detestar a un elemento natural, porque es dañino para los vegetales. Los golpea y zarandea, les arranca las flores y los frutos, incluso ramas enteras son desgarradas y por si fuera poco ese daño, además seca.


A mi ciruelo favorito lo trajimos de Sevilla. Vivía allí junto con otros frutales en un huerto urbano donde iban a construir un edificio. Para ello tenían que arrancarlos y era una pena. Cuando me enteré, pedimos que nos los dieran y los trasplantamos en Cañá de Arriero. Uno de ellos era mi ciruelo. Lo situamos muy cerca de la casa porque quería disfrutar en primavera la belleza de su floración.




Un árbol es un ser vivo, lo mismo que un animal, y aunque no emite sonidos, sí nos habla, y aunque no se mueve para seguirnos, sí nos acompaña. Mi ciruelo, que podía haber muerto en Sevilla, continuó su vida junto a mí. Conocía sus ramas, las nuevas y las de otros años, controlaba la formación de sus yemas, lo protegía de insectos dañinos. Crecía sano, despertaba a la primavera con una floración abundante y hermosa que forraba sus ramas de pétalos blancos, y en verano nos daba cantidad de ciruelas doradas y jugosas. Como a un ser querido me encantaba fotografiarlo.




Esta primavera, mientras el viento del primer temporal de Levante lo secaba, yo lo regaba al pie, llenando su alcorque de agua que llevaba a mano con un cubo y descargaba sus ramas de algunas frutas para que alimentarlas todas no le agotara. El segundo temporal de Levante se me adelantó, comenzó por la noche y dejó sus ramas peladas, luego siguió soplando y destruyendo un día y otro y otro hasta diez. Sopló de nuevo en verano, en el calor de julio, y aunque lo regamos, mi árbol se fue marchitando y secando, se secó.

Cuando se me seca una planta, la sigo regando a la espera de un milagro. Y es que en la naturaleza a veces ocurren milagros y de las raíces de un árbol muerto brota de nuevo la vida. ¡Ojalá sea así en mi ciruelo! Me cuesta mirar hacia el lugar donde estuvo, un poco de mí muere con él.

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